Las Huellas del Delfín
por Morgan
D.
traducción por Daga
Libro I
Los personajes de Card Captor
Sakura pertenecen a CLAMP y Kodansha.
Soy responsable por Tata, Gareth Wilcox, Lady Wilcox, Lieh-Pai y los otros.
Siéntase libres de tomarlos prestados, sólo díganle
a la gente que es a mí a quien hay que culpar por su existencia
^_~
Secuela de "Órbita y Contacto".
Sería mejor que leyeras ese primero para poder entender este.
Shounen ai.
~*~
Parte II Yue, por supuesto, lo entendió mal. Clow no podía creer
que ninguno de sus Guardianes pensara en serio que él podría
jamás decirles "te arrepentirás de esto" en ese sentido.
No seriamente, en todo caso. No era su estilo, y más que eso, ese
jamás era el tratamiento que había ofrecido a nadie tan
querido y cercano a su corazón como sus adorables creaciones. Así que era difícil no sentirse traicionado de alguna manera
por la mirada aprensiva en el rostro de su alondra lunar. El mago trató
de ser racional y recordar que Yue probablemente todavía se sentía
culpable por disparar esa flecha sin prestar atención a lo que
lo rodeaba. Aún si Kerberus había saltado en el camino y
había atrapado diestramente la flecha a medio vuelo a propósito,
él podría haber simplemente estado volando
por ahí sin enterarse de nada. Podría haber sido un verdadero
accidente, uno muy peligroso. Yue usualmente era muy cuidadoso cuando
practicaba, y terriblemente estricto acerca de sus propios errores. Podía
pensar que su descuido debía merecer el más fuerte castigo,
¿y quién más para dictar ese castigo si no su Amo? Eso era
lo que podía asumir naturalmente un siervo. Un siervo. Clow suspiró amargamente. No le gustaban nada los castigos duros,
y había imaginado que Yue ya habría notado eso. Quizá
el tener a Gareth por ahí durante tanto tiempo no había
sido una idea tan brillante después de todo. El muchacho le recordaba
a Yue demasiado frecuentemente que muchos hechiceros tenían poco
apego por sus "mascotas" mágicas; debía haber metido inadvertidamente
algunas nociones raras en la cabeza del Guardián Lunar. Lady Wilcox era conocida por tirar de las colas de sus grifos cantores
siempre que desafinaban, y por citar a su caballerizo cuando hablaba de
las mejores formas de enseñar a criaturas mágicas. Clow
había esperado que Gareth creciera para ser más sabio que
eso, pero... por Dios... Educar por medio del miedo no era algo que Clow pudiera verse haciendo
él mismo. Además, no podía pensar en un castigo peor
para Yue que la impactante compresión de que podía haber
matado a alguien por accidente, o la brutal vergüenza de que todos
se hubieran reído de él por caer en otra de las bromas prácticas
de Kerberus. Agregar cualquier regaño a eso en ese punto sería
solamente empujar al Guardián Lunar todavía más adentro
de su rincón de reserva y cautelosa desconfianza hacia el mundo.
Empujarlo más allá en su perenne orbitar alrededor de su
Amo... No podía. Tenía que hablar con Yue, explicarle sobre la
visión... ...explicarle... ¿cómo? ¿Qué era esa visión? -Dulzura, creo que Ojos Azules querrá responder esas cartas –le
dijo Tata a Yue con su tono más amoroso-. ¿Por qué no le
traes su pluma y cosas de escritorio? Yue todavía miraba a Clow con ojos asustados, como si no la hubiera
escuchado. Pero al fin asintió distraídamente y voló
a la casa. -Hey, Clow –dijo Kerberus cuando el ángel plateado estaba fuera
de alcance-. Vamos, no es tan malo... sé que no lo
decía en serio –se encogió de hombros-. Bueno, no completamente. Lágrimas patéticas fluyeron de los ojos del mago, y las
secó rápidamente antes de que corrieran por su cara. Podía
sentir el latido de su corazón golpeando en sus oídos, los
huevos que había desayunado estaban revolviéndose en su
estómago, el aire helado estaba quemando su garganta reseca...
¿y Kerberus había tenido que elegir ese preciso momento para ser
tan absolutamente enternecedor? -No tienes necesidad de defenderlo –murmuró, estremeciéndose
ante la repentina ronquera de su voz-. No estoy enojado. -¡No lo estoy defendiendo! –gruñó el león-.
Es sólo que... Clow esperó pacientemente hasta que su Guardián Solar encontró
una excusa. Tenía que ser una buena, para justificar ese lapso
de actitud protectora hacia su "archi-rival". -...es sólo que se pondrá todo hosco y desolado porque
lo regañaste y no querrá hablarme durante todo un mes...
–Kerberus torció el hocico- ...eso no es algo malo, es probablemente
la mejor parte de todo... Pero entonces tampoco tendrá el valor
para hablarte a ti por un mes... –sus alas se agitaron-
...aunque eso será grandioso, porque tú pasarás más
tiempo jugando backgammon conmigo en lugar de mimarlo a él... ¡Pero
resulta que se negará a hablarle a las Cartas también! –sonrió
triunfante-. Y eso será un desastre porque yo seré el único
poniéndolas a trabajar en la casa, y las Lunares serán lo
suficientemente amables como para obedecerme, pero nunca en la forma en
que se supone que lo hagan... Lluvia inundará el
jardín, Candado bloqueará todas las puertas equivocadas,
Canción tarareará mi canción de cuna en otro tono,
Eternidad me hará caminar por los mismos corredores una y otra
vez... ¡Un completo cataclismo! Los ojos de Clow todavía punzaban amenazadoramente. Sus labios
no aceptaban ninguna orden de no sonreír en ese momento. -Creo que soy perfectamente capaz de controlar mis Cartas, Kerberus.
Todas ellas. El Guardián Solar dudó por sólo medio segundo. -Sí, pero estarás demasiado ocupado tratando de hacer que
Yue no esté tan miserable y eso lleva tiempo... Tata acarició sus orejas. -Tu pelaje se enredó por la pelea, gatito... Tráeme un
cepillo y lo cepillaré por ti. El león frunció el ceño. -Lo que quieres es que te deje a solas con Clow para poder hablar a mis
espaldas. -Exactamente –concordó ella con una gran sonrisa. -Bruja lunar –gruñó Kerberus-. Por eso tendrás que
rascarme la barriga también –con eso, el Guardián Solar
se elevó gloriosamente en el aire, dirigiéndose a la casa
por una ruta completamente diferente a la que había tomado Yue. La hechicera rió bajito. -Tengo que admitirlo, Ojos Azules. Es todo un personaje. Kerberus... ¿Qué significaba esa visión para Kerberus?
Mejor si no existiera... alas destrozadas... sangre por doquier... Palabras
errantes de voces diferentes, todas susurrando en atormentada pena por
una realidad que era demasiado terrible para ser soportada con cordura... Tata puso en la mano de Clow el vaso que había servido para Yue. -Ten, bebe esto. En este momento no sé quién lo necesita
más. Aceptó el brebaje, notando distantemente el ligero cambio en el
sabor debido al hechizo calmante. -¿Por qué los alejaste? No quiero que Yue piense que yo... -Lo sé. Pero entonces tendrías que explicarle qué
quisiste decir con "muy pronto estarás arrepintiéndote
de esas palabras". ¿Ya te sientes lo suficientemente bien para eso? Clow suspiró y sacudió la cabeza. Seguro, podría
simplemente decir que esas eran las palabras de una profecía, que
algún día debería ver a Yue demostrando un profundo
arrepentimiento por haber dicho lo que acababa de decir... Ja, qué
simple... Como si Yue y Kerberus no fueran a asaltarlo con toda clase
de preguntas al segundo que el término "profecía" fuera
mencionado. Preguntas muy comprensibles, para las cuales Clow no tenía
respuestas que pudieran desentrañar la verdad. Los Guardianes no estaban dotados con el poder de la clarividencia. La
entendían en un sentido teórico, pero nunca la habían
experimentado. Por lo tanto, sólo Tata comprendía lo nebulosa
que era, y la entumecedora sensación de soledad que siempre seguía
a una visión. Incluso visiones que sólo predecían
felicidad y buena fortuna traían consigo la vacía, entristecedora
sensación de haber estado solo en un mundo neblinoso que nadie
más podía tocar, y haber regresado sin palabras que describieran
propiamente lo que había sido visto, escuchado y sentido. Necesitaba tiempo para reorganizar sus pensamientos, recobrar su compostura.
Y descubrir qué podía y qué no podía decirle
a sus Guardianes. Los minutos pasaron en un silencio pensativo. El sol se escondió
detrás de una pequeña nube traicionera, la única
que manchaba el perfecto azul del cielo mañanero. Clow se encontró
a sí mismo deseando que fuera verano otra vez. -Debe haber sido realmente malo si estabas resistiéndote –sugirió
Tata suavemente, no queriendo presionarlo. -No lo sé. Ni siquiera era consciente de estar resistiéndome. -¿Imágenes vívidas? -No… sí –se recostó en la silla, masajeándose las
sienes-. No estoy seguro de si realmente vi algo. Estaba
mirando la cara de Yue... y eso fue todo lo que pude ver, sus ojos mirándome
con tanta emoción... Tata levantó la mirada. -¿Emoción? -No esa clase de emoción –gruñó Clow-.
Miedo. Vergüenza. Ansiedad. -Vi eso también, Ojos Azules –señaló ella-. Esas
eran reales. -Pero entonces cambió. Horror. Cólera. Indignación.
Y siguió cambiando una y otra vez. Tristeza. Soledad. Y miedo otra
vez, más que antes. Y compasión. -¿Compasión? -No estoy seguro de si compasión es la palabra correcta. Fue la
única emoción cálida que pude sentir de él.
era el único sentimiento cálido que tuve a través
de toda la experiencia. -¿Y eso fue todo lo que viste? Clow tomó otro sorbo de jugo. -Sí. Pero había voces. Voces que conozco, principalmente. -¿De quiénes? Dejó escapar una risa sarcástica. -No podría decirlo. ¿No es eso lo que hace interesante la clarividencia? Tata puso los ojos en blanco. -Sólo he escuchado de un hechicero que haya tenido visiones tan
precisas como las tuyas, Ojos Azules, y fue una vieja bruja de Nepal,
de cuatro veces tu edad, que sólo fue tan buena como tú
en la última década de su vida. ¡Cuenta tus bendiciones,
muchacho! Clow estaba a punto de responder cuando vio a sus dos Guardianes regresando,
llevando los objetos que habían sido enviados a buscar. Yue además
se había cambiado de ropa, dejando atrás las prendas blancas
sucias y volando de regreso con su Amo vistiendo una túnica larga
azul marino, sencilla y sin adornos, a excepción de la inseparable
gema azul en el pecho. Estaba tratando de mostrar su respeto sin palabras,
Clow lo sabía. Sin embargo, los intentos de Yue por vestirse humildemente
nunca eran tan exitosos. Siempre estaba con él esa cualidad etérea,
augusta, como si tuviera la cualidad innata de verse digno aún
cuando estuviera cubierto de barro. Él y Kerberus aterrizaron ante los dos hechiceros al mismo tiempo,
pero no juntos, ya que se acercaron a la mesa de jardín desde diferentes
direcciones. Lados opuestos. En otras circunstancias, Clow habría reído ante lo intrínseco
que la actitud diametral se había vuelto para esos dos. Pero con
el perfume acre de un ominoso estupor llenando su nariz, el mago sintió
que no habría muchas ocasiones para reír en los próximos
meses...
Tres Convocatorias
~*~
Al menos Tata y Kerberus estaban divirtiéndose. Especialmente considerando que la mujer estaba menos interesada en arreglar el pelaje del león que en hacerlo tan entretenido como fuera posible.
-No había notado lo mucho que me recuerdas a mi abuelo –rió ella, peinando el pelo blanco alrededor de su boca para que cubriera su hocico.
-Qué gran figura debe haber... *aaa-CHÚU*... tenido –Kerberus se frotó la nariz con una garra-. Eso hace cosquillas.
Ella acomodó el pelaje blanco donde se suponía que debía estar... pero empezó a dibujar extraños diseños en la piel dorada alrededor de sus ojos.
-Y así luces igual que nuestra querida Lady Wilcox...
El león frunció el ceño.
-Mi barbilla nunca será así de grande...
-¡No te muevas! ¡No te muevas! –Tata lo examinó detenidamente-. ¡Mira, Ojos Azules! Frunciendo el ceño así, ¿no podría pasar por el hermano menor de Lieh-Pai?
El león ladeó la cabeza furiosamente.
-¡No me insultes!
La hechicera lo agarró por el cuello antes de que pudiera huir.
-Ven aquí, no he terminado contigo aún. Y a mí me parece que Lieh-Pai es un hombre muy atractivo.
-¡¿Qué?! –el Guardián Solar no podía creer lo que escuchaba.
-Es el único de los primos de Ojos Azules que me he molestado en mirar dos veces.
-¡Es una mugrosa serpiente!
-No, es una robusta, viril, apuesta serpiente –le guiñó un ojo a Yue-. ¿No te parece, dulzura?
-¿Uh? –el ángel plateado parpadeó-. Yo... yo no sé.
-Sé honesto, dulzura. No me digas que nunca lo has notado.
Yue parecía completamente perdido, sentado junto a Clow sin atreverse a levantar los ojos hacia él, sus largas uñas arañando la superficie de la mesa nerviosamente.
-El Canciller tiene... una presencia muy distinguida.
Tata sonrió ante la diplomática respuesta, pero eligió no continuar el juego. Clow no estaba prestando atención de todos modos mientras dejaba que su mente se alejara de sus problemas actuales para enfocarse en la primera de tres cartas.
-¿Malas noticias, Ojos Azules?
-Lady Wilcox –contestó él sucintamente.
Ella puso los ojos en blanco.
-Malas noticias, entonces.
-¿Nos envía noticias de Gareth? –preguntó Kerberus.
-No. Me envía un reporte detallado de las prácticas religiosas en las granjas Brendt.
Tata frunció sus finas cejas.
-¿Por qué?
-Teme que... los ganaderos brendt están arriesgando sus almas por aceptar viles costumbres que están condenadas por la Iglesia de Inglaterra –citó.
-Creí que Lady Wilcox era calvinista –señaló Tata.
-Lo es –aceptó Clow irónicamente-. Sólo que no se ha dado cuenta todavía.
-¿Eso hace alguna diferencia? –bostezó Kerberus, ofreciendo su cuello al cepillo de Tata.
-¿Qué quiere ella, Ojos Azules?
-Mi ayuda para... guiar a esas almas incautas y perdidas de vuelta al camino de Verdad y Rectitud –citó otra vez.
-¡¿Tú?! –la hechicera soltó una loca, vibrante carcajada-. ¡Yo no confiaría en ti para guiarme cruzando una calle!
-Tata, por favor…
-¿Y desde cuándo te convertiste a la Iglesia de Inglaterra?
-Lady Wilcox me describe aquí como un mago sabio y de buen corazón –dijo Clow secamente-. Supongo que siempre pensamos que las personas sabias deben compartir nuestras creencias, o de lo contrario no serían sabias –suspiró-. El hecho es que ella nunca me ha preguntado cuál es mi religión.
Kerberus estaba frunciendo el ceño, asombrado.
-No lo entiendo, Clow. ¿Qué espera ella que hagas con respecto a esos campesinos? Hasta donde yo sé, no tienes el poder de cambiar la fe de la gente... ¿o sí?
-Ni siquiera deseo averiguarlo.
-Pero...
-Coerción, gatito –explicó Tata-. Intimidación. Amenazándolos con magia impresionante, asustándolos con el poder de los relámpagos, inundaciones, sequía, huracanes... y prometiéndoles el perdón de dios y buena fortuna si "eligen" cambiar sus hábitos. Caramba, he visto demasiado de eso en todas partes.
-La madre de Gareth no haría...
-Sólo porque no tiene suficiente poder para hacerlo, afortunadamente. Es el dilema más grande para los portadores de la magia. Al principio están tan fascinados por las cosas que pueden hacer que nunca se detienen a pensar si esas cosas son lo que deberían hacer. Sólo muchas, muchas décadas de práctica pueden darte el conocimiento y la disciplina suficiente para que puedas decidir sabiamente cuándo interferir y cuándo dejar que las cosas sigan como están. Y si piensas al respecto, gatito, comprenderás que los hechiceros más poderosos de todos los tiempos fueron precisamente los que menos intervinieron en la historia.
-No estoy seguro de concordar contigo, Tata –murmuró Clow.
La anciana lo miró con dureza.
-No me digas que estás considerando aceptar...
-Por supuesto que no. Sólo estoy diciendo que no estudiamos magia durante tanto tiempo sólo para tener nuestras casas limpias, nuestros jardines florecientes y nuestros estómagos llenos. Sería horriblemente egoísta desperdiciar todas nuestras habilidades y conocimientos en nosotros mismos. Si hemos sido bendecidos con la facultad de ayudar a otros a encontrar buena fortuna, tranquilidad, salud, justicia, nuestra omisión es inaceptable.
Tata estaba sacudiendo la cabeza, claramente decepcionada.
-Y yo aquí tan feliz de seguir a tu padre...
-Mi padre nunca negó su ayuda a un necesitado.
-No, pero sabía que la magia no era la solución para todas las necesidades del mundo.
-¡No estoy diciendo eso! –protestó Clow.
-¿Estás seguro?
Los dos hechiceros se miraron mutuamente con enojo por un breve instante, hasta que su irritación quedó disuelta en el cálido confort de la familiaridad.
-¿Sabes, Tata? No creo que consiga jamás que tú me digas que estoy en lo correcto acerca de ninguna cosa –rió Clow.
Ella se encogió de hombros y continuó cepillando el pelaje de Kerberus con una media sonrisa.
-Nunca lo estás, esa es la razón.
Sin embargo, el león no podía quedarse quieto, mientras sus risas de deleite estallaban en el aire. La actitud extraña, reticente de Clow lo molestaba grandemente, y el desalentado silencio de Yue indudablemente no mejoraba las cosas para nada, así que era un alivio tener a la vieja bruja lunar por ahí en un momento como ese para animar a aquellos dos. Especialmente cuando sus métodos eran tan divertidos.
-No te burles de mí, Kerberus –Clow le dio un codazo, y abrió el segundo sobre-. O no te diré que la otra carta es de Gareth.
Al siguiente segundo, el Guardián Solar estaba sobre sus patas traseras detrás de Clow, inclinándose sobre la silla del mago para leer por encima de su hombro.
-¿Qué dice? ¿Está de vuelta en Cambridge?
Era difícil para Clow decirlo, con una gran cabeza de león entre él y el papel.
Yue abrió la boca para censurar a Kerberus por fisgonear la correspondencia de su Amo, pero la cerró fuertemente antes de emitir un solo sonido. No iba a arriesgarse a escuchar otro reproche de parte de Clow.
-¡Hey, todavía está aquí! –exclamó Kerberus, leyendo el encabezado-. Jeh, me pregunto si su madre no está lista para dejarlo volver todavía... ¿No tendrá problemas en la escuela por estar lejos tanto tiempo?
-Trataré de averiguarlo tan pronto como me dejes leer la carta –sonrió Clow.
-¿Huh? ¡Oh! –el león desmontó de la silla del mago y regresó a los cuidados de Tata-. ¡Pero léela en voz alta!
Clow no lo hizo. Como siempre, el estilo de Gareth era largo, verboso, demasiado anecdótico y muy reluctante a llegar con precisión a algún objetivo, algo para lo que no estaba de humor en ese momento. Dejó correr su mirada rápidamente por las ocho páginas de pequeña y florida caligrafía, buscando el verdadero contenido, prometiéndole a Kerberus que le dejaría leerla más tarde.
En la última página, en el ultimísimo párrafo, estaba la verdadera razón detrás de la misiva de Gareth.
-Es el colmo, ella se lo está tomando demasiado seriamente –gruñó Clow.
-¿Qué? ¿Quién?
-Lady Wilcox. Gareth dice que ya empezó su estrategia de intimidación.
-¿Qué está haciendo? –inquirió Tata.
-Gareth describe un nuevo ser creado por ella... un pequeño insecto con forma de orquídea. Aparentemente algo exquisito, a juzgar por lo que dice él, pero con un voraz apetito por los granos de trigo...
La anciana no pudo ocultar su sorpresa.
-¡¿Entonces ella tiene suficiente poder?!
-Algunos granjeros han perdido la quinta parte de sus cosechas –les dijo Clow-. Pero ella todavía piensa que sus Orchaide, como los llama Gareth, son demasiado lentos para sus propósitos, y crear otro tomaría demasiado tiempo...
-… y es por eso que ella pidió tu ayuda –concluyó Tata amargamente-. Porque su version del castigo divino no es bastante convincente.
Kerberus estaba en shock.
-¡¿Qué le pasa a ella?! Es completamente extraña y estridente, y algunos de sus caprichos repentinos pueden hacer que incluso Clow parezca un hombre soportable... ¡¿pero esto?!
Clow tenía una sospecha o dos acerca de eso. Lady Wilcox siempre había sido una mujer ruidosa y dogmática desde que podía recordarla. Sin embargo, algo había ido cambiando gradualmente a lo largo de los años, algo profundo y sutil, desde que perdiera a su esposo por una ridícula pendencia con un sirviente enfurecido que devolvió con una afilada espada un insulto innecesario a su honor. Ya no hubo nadie más con quien pudiera contar y sólo un hijo para ofrecerle su corazón. Un hijo que irremediablemente había crecido lo suficiente como para ir a una universidad a muchas millas de distancia, lo suficientemente mayor como para querer y necesitar independencia, pero todavía demasiado joven como para comprender que realmente no necesitaba romper todos los lazos con...
Hizo un alto en esa línea de pensamiento, estremeciéndose. Tópico peligroso. Uno que Tata podía volver fácilmente en su contra si lo decía en voz alta.
Lady Wilcox había cambiado, punto y aparte. Y su creciente soledad probablemente tenía mucho que ver con la expansión de sus rarezas y estridencia.
-Bueno, esa es exactamente la clase de molesto hechicero de la que estaba hablando –escupió Tata-. Cree que la Verdad y el Poder están de su parte, ¿así que por qué no usar el segundo para garantizar la primera?
-La parte triste es que debe estar genuinamente preocupada por las almas de los granjeros –suspiró Clow-. Si cree genuinamente que lo que haces es ofensivo para el Dios al cual reza ella.
Tata gruñó, pero no dijo nada.
-Al menos Gareth también está mostrando genuina preocupación por la situación en Brendt –señaló el hechicero-. Y eso es exactamente a lo que yo me refiero al hablar sobre ayudar a otros a encontrar justicia. Él no es un mago, pero si lo fuera estoy seguro de que usaría sus talentos para hacer lo correcto. Estoy seguro de que está usando todos los talentos que tiene para hacer lo correcto.
-¿Como llamarte para que lo ayudes? –preguntó Tata, cáusticamente.
-Si conozco a Gareth, está haciendo mucho más que eso –contestó Kerberus confiadamente.
Clow asintió.
-Después de todo, aún si no está genuinamente preocupado por las cosechas o quién es el dueño de la Verdad, está verdaderamente enamorado de una linda morena cuyo padre es una especie de clérigo o druida en Brendt –continuó el Guardián Solar-. Incluso ha estado hablando de matrimonio, ¿saben?
Los dos hechiceros se congelaron. Yue estaba atragantándose con eso.
Sintiendo el abrupto silencio, Keberus miró a las personas a su alrededor con exasperación.
-¿Qué?
-¡Caramba! –boqueó Clow.
Tata se recostó en su silla y fingió una mirada pensativa.
-Dime, Ojos Azules... ¿tú crees que el joven Gareth pensando en casarse fuera de la religión de su madre puede tener un poquito que ver con todo esto? –sarcasmo prácticamente goteaba de su lengua.
-¡No puedo creerlo! ¡No puedo creerlo! –estalló Clow-. ¡¿En qué están pensando?!
La anciana se encogió de hombros.
-Me parece que creen que eres un mago sabio y de buen corazón, quien es todavía lo suficientemente ingenuo como para ser manipulado por cualquiera que aparezca hablando inteligentemente de buenas intenciones. Y no estoy segura de que estén equivocados.
Clow se puso en pie y caminó alrededor de la mesa mientras su sangre corría violentamente a su cabeza y miembros, haciéndole imposible el permanecer sentado.
-¡Absurdo! Esto va más allá de todas las discusiones sobre ética que podamos tener. ¡Es un juego sucio, absolutamente irresponsable!
En silencio, Tata jugó con el esponjoso pelo en la punta de la cola de Kerberus por unos pocos minutos, dándole a Clow tiempo para enfriarse. Honestamente, encontraba difícil llenar su corazón con tanta indignación, a pesar de la obvia cobardía en el uso de magia para atacar las cosechas de granjeros indefensos. Ciertamente ya había visto demasiado de eso, y Lady Wilcox simplemente no era peor ni mejor que la gran mayoría de los magos alrededor del mundo. Tata no era demasiado vieja como para preocuparse, pero se sentía demasiado vieja como para creer que había una forma de remediarlo. Ese tipo de maldad egoísta parecía estar esculpida en la esencia misma de la humanidad para ser como era. Muy pocos trataban de luchar en contra de este rasgo fatídico, y eran menos todavía los que tenían algún éxito en ello.
Además, a pesar de que ella y Lady Wilcox difícilmente podían ser consideradas amigas, tenían demasiado en común como para facilitarle a Tata el señalar a la otra. Dos mujeres en los últimos años de sus vidas, mujeres solitarias que una vez habían amado apasionadamente, trabajado intensamente, respirado con deleite, disfrutado los beneficios de la existencia como si crecieran de un árbol inmortal que nunca las dejaría hambrientas... Dos brujas que ahora tenían que aproximarse al final de sus caminos con la agria comprensión de que no dejaban herederos para su magia (¡pobre Gareth!), nadie para continuar sus trabajos, ninguna marca para la posteridad, ninguna señal de que su pasión, intensidad y deleite habían significado más que una brisa efímera sobre la hierba.
Dos mujeres desesperadas por construir algo bueno, algo de lo cual estar orgullosas. Tata se había enfocado en el hijo de su querido tutor, y había tratado de al menos estar segura de que él seguiría un camino para la felicidad cuando ella dejara su vida. Pero eso implicaba suponer que conocía lo que era mejor para él, justo como Lady Wilcox suponía saber lo que era mejor para Gareth y los granjeros Brendt...
Una buena razón para nunca ofrecerle a Yue una poción de amor. Si Tata se equivocaba sobre sus presunciones, entonces con suerte el destino lo probaría. El simple hecho de que supiera como cómo dominar la naturaleza no significaba que supiera cuándo hacerlo.
Yue contemplaba el frenético caminar de su Amo, muda ansiedad agrandando sus ojos felinos, mientras Kerberus se preguntaba qué clase de bicho malevolente había picado a Clow esa mañana. El loco mago no le había gritado a Yue (a ninguno de ellos, en realidad) en años, no desde la vez que los dos Guardianes habían tenido una desagradable pelea acerca del sabor de la nieve. Yue había llamado a Borrar para hacer desaparecer el suelo bajo los pies de Kerberus, y el león le había pedido ayuda a Creadora para producir una variada cantidad de objetos pesados para dejarlos caer sobre la cabeza del ángel... reformando, como consecuencia, la composición de la casa de Clow en Japón... ya saben, solamente un poquitito...
Y aún entonces Clow podría haberlo encontrado divertido... si tan solo Borrar no se hubiera deshecho de su biblioteca completa, y Creadora no hubiera dejado caer la cabeza de la Esfinge egipcia en su baño...
Como fuera. Clow le había gritado a Yue entonces. Bueno, a los dos. Y el mago ni siquiera los había ayudado a arreglar las cosas, ni les dejó usar las Cartas para eso. Sólo les sonrió otra vez después de que su bañera fue reparada, cinco semanas después. Las cinco semanas más largas en la vida de Kerberus, y no quería imaginar el infierno que habían sido para Yue. El fastidioso Guardián Lunar era demasiado sensible al humor de su Amo.
Así que fuera lo que fuera lo que estaba molestando a Clow ahora, Kerberus deseaba que lo dejara pronto en paz. Un Clow de mal humor significaba tristeza y aburrimiento en toda la casa.
Eventualmente, el hechicero dejó de caminar, volviendo a pararse cerca de la mesa.
-¿Yue?
El ángel plateado casi saltó.
-¿Sí, Amo? –respondió Yue, tentativamente, todavía sin mirarlo a la cara.
No era algo que Clow hubiera notado, ya que todavía no podía encarar a su alondra lunar tampoco.
-¿Escribirías una respuesta a los Wilcox en mi lugar? Mis manos están temblando.
El Guardián lucía como alguien completamente distinto después de la petición de Clow, suavemente pronunciada. No era completamente su yo usual todavía, pero al menos el más pálido tono de rosado tiñó sus mejillas, sus plumas se agitaron con satisfacción, y una amenaza de sonrisa brilló en sus labios.
-Por supuesto, Amo.
Mientras Yue tomaba la pluma y papeles y se preparaba para el dictado, Clow abrió el tercer sobre, con su mente completamente concentrada en elaborar educadas pero fuertes frases para expresar sus sentimientos sobre todo el asunto de las granjas Brendt. Valoraba la amistad de los Wilcox y no quería perderla, pero había límites. Tenía que haber límites. Para su paciencia y para la irresponsabilidad de ellos.
Tata suspiró tristemente. Esa hermosa mañana le había prometido un alegre, agradable día, y de alguna manera todo se había ido ahora por el desagüe. Masajeó el cuello de Kerberus con gran cuidado, preguntándose si podía contar con la complicidad del Guardián Solar en un plan para restaurar el buen espíritu de la casa...
Yue indicó que estaba listo. La hechicera estaba segura de que su caligrafía sería insoportablemente irreprochable, una obra de arte digna de ser enmarcada y colgada en el muro ante la cama del Rey, tan ansioso estaba el ángel de complacer a su Amo.
-Recibí su carta –dictó Clow en chino-. Partiré inmediatamente. Cuenten con mi arribo en no más de veinticinco días.
Yue parpadeó.
-¿Debo escribir a los Wilcox en chino?
Kerberus estaba todavía más intrigado.
-¿Estás planeando arrastrarte todo el camino hasta la propiedad de los Wilcox? No hay manera de que te tome veinticinco días llegar hasta ahí si partes inmediatamente.
Tata miró perpleja a Clow, asombrada por lo rápido que parecía haber recobrado su absurdo sentido del humor...
...pero no había humor en él para nada. Una masiva, tenebrosa aura lo envolvía por completo, causando que la temperatura a su alrededor cayera bruscamente, haciendo que el más atemorizado estremecimiento llegara hasta los huesos de ella. Trató de decir su nombre, y descubrió que su voz se había ido.
Clow cerró los dedos, arrugando el solitario papel que componía la tercera carta, la que acababa de leer.
-Volvemos a Hong Kong –siseó.
-¿Otra vez? –Yue tragó saliva. Clow lucía todavía más furioso que antes. Y estaba emitiendo a sus Guardianes la sensación de peligro, de necesitar su protección, ¡pero Yue no podía encontrar ninguna amenaza a su alrededor!
-¿Qué hay de Gareth y las granjas Brendt? –Kerberus frunció el ceño.
Tata tuvo que reunir un gran coraje para luchar contra esa aterrorizante mudez que la había dominado.
-Ojos Azules... si se trata de tu madre convocándote otra vez –señaló la carta arrugada-, déjame tratar con ella. La vieja bruja siempre está saliendo con los más oscuros ultimátums, pero puedo...
-Se ha ido, Tata –replicó Clow, abundantes lágrimas venciéndolo por fin-. Mi madre ha muerto.
~*~
9 de abril, 2002
Notas de la autora:
- No puedo encontrar
ningún lugar llamado Brendt en el Atlas, así que espero
que sea un lugar enteramente ficticio, ubicado en mi mente hiperactiva.
- No hay intención de ofender en ninguna forma a los seguidores
de religión alguna. Tristemente, encontramos personas como Lady
Wilcox en todos los grupos religiosos/políticos/sociales, en todos
los países, a lo largo de toda la historia.
Parte III
pronto
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to Clow no Tenshi