Órbita y Contacto
por Morgan D.
traducción por Daga
Card Captor Sakura y sus personajes pertenecen
a CLAMP y Kodansha.
Gareth Wilcox y Tata me pertenecen, pero si deseas tomarlos prestados para
tus propios fics, estoy bien con eso.
Acerca de un Clow más joven que el que conocemos, y que probablemente
parezca OOC de alguna manera.
Shonen ai.

Glosario:
onegai = por favor
~*~
-¡Dios bendito! ¡Jamás conocí a un hombre más terco que tú, Read!
Bebiendo calmadamente su té, Clow Read sonrió ligeramente. Pensaba exactamente lo mismo acerca del joven pelirrojo que estaba sentado casualmente en la alfombra persa de su salón de música.
-Sólo porque tu lógica falla en convencerme, no significa que sea sordo a ella, Gareth.
-¿Qué parte de mi lógica falla en convencerte? ¿Niegas que el sol es una fuente de luz y calor de poder infinito? ¿O que la luna es sólo una roca muerta colgando sobre nuestras cabezas?
-Ahora bien, ¿no es esa la más perfecta descripción de mí y Yue? – Kerberus ronroneó contento desde el cómodo nido que había encontrado bajo las cálidas caricias de Gareth. Su largo cuerpo e staba tendido flojamente en la alfombra, manchando el delicado diseño con hebras perdidas de su pelaje dorado. No plumas, sin embargo, ya que había hecho desaparecer sus alas para saborear mejor ese maravilloso masaje en su espalda.
Gareth recompensó el apoyo del león rascando suavemente su oreja izquierda, justo debajo de el arete con la joya escarlata.
-Me temo que tu enloquecedor amo tiene atrapada su mente errática en la astronomía Tolomeica, querido Kerberus. Todavía piensa que puede haber equilibrio entre Sol y Luna, como si orbitaran la Tierra en trayectorias similares.
-Y yo temo que nuestro querido amigo Gareth olvida que uno de los propósitos de la magia es rivalizar con lo que llamamos la Realidad Física – sugirió Clow en el mismo tono suave e imitando el melifluo inglé s del muchacho-. El sistema geocéntrico Tolomeico puede haber sido derrumbado por los últimos desarrollos en la observación científica, pero aún es excelente poesía.
-¡¿Poesía?! – se atragantó Gareth.
-Sé que no soy el centro del universo – contestó el mago.
-¡Por favor, que alguien lo haga escribir eso y firmarlo! – gruñó Kerberus.
-Pero soy el centro de mi vida y mi magia – continuó Clow, ignorando la malhumorada intervención de su Guardián-. Y no tengo ningún recuerdo discernible de haber danzado alguna vez alrededor del Sol. Mientras pasan los dí as y los meses, lo veo volando gentilmente a mi alrededor, despertándome para el desayuno, calentando y enfriando periódicamente para advertirme de los cambios de estaciones, y escondiéndose am ablemente cuando empiezo a sentirme cansado, hambriento y listo para abrazar la noche. Y puede ser más caliente y audaz, pero en ninguna forma más glorioso que la encantadora Luna.
-Es Yue quien te despierta para el desayuno – apuntó Kerberus.
Gareth rió.
-¡Read despierta con la Luna! No sorprende que sea tan extraño.
Por alguna razón, Clow encontró ese comentario muy desconcertante.
-Eso es porque mi Guardián Solar se rehúsa descaradamente a abrir sus ojos antes de las diez en punto. Tal vez en lugar de un león debería haberlo hecho una alondra.
Kerberus le enseñó la lengua y recostó la cabeza en el regazo de Gareth.
-Chiflado.
-Pero entonces la poesía es lo único que justifica la existencia de la luna – insistió el pelirrojo-. Entonces la Luna es gloriosa, encantadora, seductora. ¡Pero es inútil! ¿Deshazte del Sol y qué sucede? El suelo se congela, los cultivos se marchitan, los animales mueren, la humanidad perece. Ahora, borra la luna del cielo. ¿La peor consecuencia? Un montón de poetas buscando otro trabajo.
-Ahora, ¿quién está atrapado en la astronomía Tolomeica? – preguntó un voz femenina de fuerte acento desde el otro lado del salón.
Un poco sorprendido, Gareth volteó para mirar a la mujer de mediana edad sentada en el taburete del piano con una taza de té en sus delgadas manos. Había estado tan envuelto en el debate que se había olvidado de su presencia.
-Pero estamos hablando de realidad física, ¿recuerdas? Esto es acerca de la Realidad y su universo. El Sol se ha puesto, está cansado, hambriento y listo para abrazar la noche. ¿Por qué necesita la Luna?
-Para hacer que el abrazo valga la pena, por supuesto – ella hizo un guiño.
El pelirrojo frunció el ceño.
-Me confundes, Tata.
Clow se aclaró la garganta.
-Sospecho que lo que Tata está tratando de decirte es que la Luna gobierna la noche y sus estaciones. Más rápida que el Sol, la Luna cambia su forma y nos ilumina o nos ciega en la fría oscuridad. Má s adecuadamente que el Sol, muestra el paso del tiempo con más precisión. Y si el Sol mantiene la fluidez de los océanos, es la Luna quien gobierna sus mareas y virulencia.
Tata enarcó una ceja.
-¿Era eso lo que yo estaba tratando de decir?
Apoyando la espalda contra su gran poltrona, Clow puso los ojos en blanco.
-La Luna además es culpada por los enloquecidos cambios de humor de las mujeres y su errático comportamiento periódico.
Gareth se sonrojó ante la poco delicada respuesta. ¡Qué cosa para decírsela a una dama! Aún si era lo suficientemente excéntrica como para caminar por las calles de Inglaterra con ese exótico sarong amarillo suyo.
Pero Tata sólo rió y dejó su copa sobre el piano, dejando que sus dedos jugaran distraídamente con el teclado.
-Eres un mocoso, Ojos Azules. Debería haberte dado una buena nalgueada cuando tu trasero era lo suficientemente pequeño como para encajar con mi mano.
El color en las mejillas de Gareh combinaba con su cabello. ¡Qué cosa para escuchar de una dama!
-Lo hiciste, Tata – resopló Clow-. Varias veces.
-Pienso que tus esfuerzos por extraer racionalidad de Ojos Azules son elogiables, Gareth – comentó Tata-. No te sientas desalentado si no tienes éxito. Realmente elegiste un adversario difícil.
Kerberus rodó sobre su espalda y miró al joven con ojos suplicantes.
-¡Por favor, Gareth! Tienes que ganar! ¡No te rindas!
El pelirrojo rió y acarició la barriga del león.
-¿Lo ves, Read? Son tres contra uno.
-Sólo si los tres tienen el mismo objetivo – respondió Clow-. Pero tú, querido Garteh, estás tratando de convertirme a los descubrimientos que hiciste en Cambridge. Kerberus está reuniendo insultos para arrojarle a Yue en su pró xima escaramuza, como "inútil roca muerta colgando sobre nuestras cabezas".
-No te olvides de "enloquecidos cambios de humor" y "comportamiento errático" – sonrió el Guardián Solar-. Eso también se ajusta.
-Y algún día descubriré cuál es el objetivo de Tata al fastidiarme – el mago le sonrió a la mujer-. Es un asunto de honor.
-Bueno, si estás tratando de borrar la luna de los cielos o librarte de Yue, no cuentes conmigo como tu aliada – ella se encogió de hombros-. Quizá debería recordarte que tu magia Lunar es una antigua tradició n en mi familia. Y estoy muy encariñada con la alondra lunar de Ojos Azules.
Clow se levantó de su silla para dejar su copa en la mesita y esconder un estremecimiento de contento. La actitud de sus invitados era la esperada; habían sido justamente así desde que los conocía. Después de todo, las amistadas no está n hechas sólo de admiración y afinidad, sino que también debían contar con una buena dosis de crítica y libertad para expresarla. Sin embargo, la imaginería creada por las observaciones de Tata era realmente molesta para él esa noche.
-Hablando del Diablo – dijo Gareth mirando a su alrededor-. ¿Dónde está la alondra lunar de Read? No lo he visto desde esta mañana.
-Está evitándote – respondió Kerberus socarronamente-. Sabe que no puede competir con tu cerebro, no importan cuán duro lo intente.
Eso le valió al león otra agradable sesión de caricias. Las visitas de ese joven lo hacían taaaaan feliz...
-O quizá simplemente no disfruta escuchar tus teorías con respecto a la luna – dijo Tata con desdén.
-Hey, no es personal – dijo Gareth defensivamente-. No tengo nada contra Yue – sonrió al gran felino ronroneando en su regazo y cayó sobre él con un ataque de cosquillas-. ¡Aun cuando no es ni de lejos tan encantador como este!
Ese acto destruyó cualquier posibilidad de continuar la discusión filosófica, mientras Kerberus rugía con risa incontrolable, él y el muchacho rodaron por el suelo e hicieron un serio enredo con la alfombra persa. Clow se apartó cautelosamente, y puso su preciosa poltrona en un sitio seguro.
Era completamente natural que Gareth Wilcox prefiriera a Kerberus. Para empezar, el muchacho era la típica persona amante de los gatos; su madre tenía docenas de ellos en su casa y él los alimentaba y jugaba con ellos siempre que estaba ahí . Y Kerberus simplemente amaba ser alimentado y que jugaran con él. El humor permanentemente energético del Guardián Solar se reflejaba perfectamente en la brillante y juguetona disposició n de Gareth, una vez que empezaban un juego era imposible detenerlos, todo lo que Clow podía hacer era esperar hasta que terminaran, y esperar que no les tomara todo el día. El ansia de conocimiento podría haberlo acercado a Yue, pero sus mé todos y ritmo hacían imposibles para ambos el caminar juntos. Yue podría sumergirse en un solo tema hasta que hubiera absorbido cada detalle y sutileza del mismo, mientras Gareth saltaba de tema en tema, curioso y apasionado.
Y, naturalmente, rodar por la alfombra con Yue, con cosquillas y risas, era inconcebible.
Antes de que ese extraño pensamiento fuera completamente registrado, Clow suspiró tristemente. Era un pena; Yue tenía una piel tan sedosa... y una bella risa.
Un acorde particularmente desarmónico en el piano rescató al mano de lo que era una imagen completamente desconcertante. Y lo metió en un laberinto de incertidumbre al encontrar a Tata mirándolo con la más pavorosa, inquisitiva, expresión.
A pesar de toda la tela de su traje azul cobalto, camisa blanca drapeada y su capa favorita, Clow Read de repente se sintió completamente desnudo.
~*~
Mientras esto sucedía, Yue había pasado la tarde en la cocina, preocupándose con la cena. Lo cual demostraba la determinació n del Guardián Lunar de no encontrarse en el camino de Gareth Wilcox, las tareas domésticas no eran algo que Yue atendiera tan devotamente. Podía cocinar gustosamente para su amo, y eso era lo más lejos a lo que llegaba. ¿ Kerberus? Que la Carta Dulce se encargara de sus comidas. El león alado rara vez pedía verdaderas comidas en cualquier caso, y su cuerpo no obtenía ningún beneficio o dañ o de la comida. Tampoco el de Yue y ya que la idea de consentirse con glotonería era un comportamiento inadmisible para una criatura mágica, él raramente comía.
Así que no causó mucha sorpresa cuando, luego de ver que todos estuvieran confortablemente sentados ante una generosa porción de comida de buen aspecto, buen aroma y buen sabor, el Guardián Lunar se excusó y trató de escapar hacia la biblioteca.
-Tú no vas a ningún sitio, dulzura – objetó Tata-. Ojos Azules es demasiado impredecible. Podría decidir de repente navegar de vuelta a China y no podré verte en otra década, como pasó la última vez.
-Madre me convocó – argumentó Clow defensivamente, y al mismo tiempo se preguntó por qué sentía esa necesidad de justificar sus decisiones ante ella.
-La vieja bruja siempre está convocándote – Tata se encogió de hombros-. La mayor parte del tiempo simplemente la ignoras.
-Tata, no seas ruda – gimió Gareth-. Es de la madre de Read de quien estás hablando.
-Ella sabe lo que pienso de ella – insistió la mujer, su acento volviéndose más truncado con el fluir de las emociones-. Y tampoco tiene problemas en decirme lo que piensa de mí. Y aún así ella me pide que le eche un ojo a su precioso primogénito cuando está en Inglaterra.
Desde el diván especial que usaba para sentarse a la mesa con los demás, Kerberus murmuró su descontento sin apartar su atención del plato lleno frente a él.
-Es para eso que me tiene a mí. Oh, y a él también – señaló a Yue, fingiendo haberlo recordado después.
-No lo entiendo, Tata. Si ustedes sienten desagrado la una por la otra, ¿por qué ella te confía su hijo? – Gareth frunció el ceño, bebiendo su vino.
-Porque Ojos Azules tiene tanta oportunidad de engañarme a mí como tiene con ella – sonrió-. Y se está volviendo un mocoso más engañoso a medida que crece.
El pelirrojo se volvió hacia el anfitrión a la cabecera de la mesa y dejó escapar una risita.
-¡Entonces tu madre te tiene todavía más a mecate corto de lo que hace la mía conmigo! Bendito Dios, debes ser el demonio encarnado.
-¡Eso es lo que siempre he dicho! – exclamó Kerberus, sus colmillos encontrando una deliciosa presa en el ciervo asado.
-Las mujeres del clan Li no son mejores – suspiró Tata-. Pero sus talentos deben ser respetados, y sus intereses, tenidos en alta estima. Así que nunca le negaría un favor a tu madre, sin importar qué tan arrogantemente lo demande – apuntó a Clow con su cuchillo-. Pero haces mi misión más difícil cuando decides desaparecer de la vista, sin siquiera decir adiós.
-No me gustan las despedidas, Tata.
-Son necesarias, niño. Algún día aprenderás eso – la punta del cuchillo se dirigió rápidamente hacia la puerta que daba a la biblioteca-. Pero nadie aquí te está diciendo adiós, dulzura. Así que renuncia a tus intentos de huida y ven a sentarte cerca de esta vieja bruja.
Clow notó divertido que Yue había estado tratando de deslizarse fuera del comedor mientras su atención estaba distraída por el diálogo. ¿Realmente estaba tan incómodo por la presencia del joven Gareth?
Un segundo diván, idéntico al de Kerberus, flotó calmadamente desde su lugar junto a la pared para aterrizar junto a la silla de Tata. Ella palmeó el acojinado asiento café con una sonrisa seductora.
-No seas tímido, dulzura. Si Gareth empieza con otro de sus sermones de "librémonos-de-la-Luna", le diré a su madre sobre sus pequeñas indiscreciones en Cambridge.
El muchacho se quedó boquiabierto, aterrorizado.
-¡¿Qué?! – una palidez mortal y un feroz enrojecimiento compitieron por controlar sus mejillas-. ¿Cómo... cómo supiste...?
Yue sonrió a la mujer, un malévolo placer volviéndose evidente en sus ojos.
-No lo hizo – resueltamente, se unió a ellos ante la mesa, sentándose elegantemente en el diván, plegando cuidadosamente sus alas a su espalda.
Una sonrisa similar podía verse en los labios de Clow.
-Me temo que has caído en el más viejo de los trucos del libro de Tata, Gareth.
El pelirrojo contempló todas esas caras sonrientes a su alrededor, un estremecimiento de pánico recorrió sus miembros.
-¿Perdón?
-Los estudiantes siempre cometen pequeñas indiscreciones – rió Tata-. Y todos temen que la gente los descubra y se lo cuente a sus familias.
El vivo sonrojo ganó la batalla y pintó toda la piel visible del cuerpo del joven.
-Ya veo. Y acabo de traicionarme a mí mismo – la miró, tratando de reunir al menos un poco de confianza-. Pero no sabes lo que hice, así que no puedes amenazarme.
-Pero ahora estoy segura de que hiciste algo – contestó ella-. Ni siquiera tengo que descubrir qué fue. Todo lo que necesito es sugerirle a tu madre de que hay algo que averiguar; ella hará el resto.
Toda confianza se evaporó. Todos los que conocían a Lady Wilcox sabían que ella haría eso precisamente. Él mantuvo el ceño sombrío por un largo minuto más, antes de explotar en carcajadas.
-Ciertamente eres una vieja bruja, querida Tata. Recordaré no atravesarme jamás en tu camino.
-Bien – ella sonrió, y regresó su atención a la comida-. Realmente te estás volviendo bueno con esto, dulzura.
-Gracias – murmuró Yue con una cortés inclinación de cabeza.
Clow concordó en silencio con el elogio. Para alguien que rara vez comía y que encontraba poco placer en cocinar, Yue estaba volviéndose asombrosamente hábil. Seguir una receta era un trabajo fácil para cualquiera con un mí nimo de inteligencia... y dedos, Clow agregó mentalmente, pensando en algunos de las desastrosas aventuras de Kerberus en la cocina. Pero las combinaciones de diferentes platos, la improvisación con distintas hierbas y salsas, la correcta elecció n del calor... eso sólo se lograba con práctica y dedicación. ¿Y por qué podría el distante, orgulloso Yue tener interés en eso?
Viendo la forma en que su Guardián Lunar sonreía tiernamente a Tata y aceptaba bocados de carne que ella le ofrecía con su propio tenedor, Clow lo comprendió.
Yue había preparado esa comida excepcional para ella.
No era tan obvio como preparar su plato favorito, no. Las pistas estaban en la disposición de la mesa, en las combinaciones de color entre el mantel, la vajilla y la ensalada, en la leve esencia de páprika, en la elecció n de servilletas bordadas en beige que no tenían el monograma del anfitrión. Detalles demasiado inconspicuos como para llamar la atención de Kerberus o Gareth, pero que ciertamente complacerían a Tata y...
... ¿cómo se suponía que fuera su propia reacción? Clow estaba seguro de que el astuto Yue le estaba enviando un mensaje privado. ¿Cuál podría ser?
-Yue, tú sabes lo que quiero decir, ¿no es así? – dijo un jovial Gareth-. Aún cuando Read admita eventualmente que tengo razón, esto no tiene nada que ver contigo. O con usuarios mágicos de la Luna – se corrigió, inclinando la cabeza ante Tata.
-Entiendo eso, Sir Wilcox – respondió Yue tajantemente, en impecable inglés escolástico-. Respeto su opinión.
El joven se encogió, como hacía siempre que Yue lo llamaba "Sir Wilcox". Clow empezó a comprender que había más en aquella riña Yue-versus-Gareth de lo que había asumido en un principio.
-Excelente – el muchacho sonrió con nerviosismo-. Temía que te ofendieras.
-Para nada – le aseguró Yue-. Después de todo, usted simplemente trataba de señalar que el Amo Clow creó a Kerberus basándose en una premisa equivocada – sonrió fríamente-. Como usted dijo, no tengo nada que ver con eso.
El violento giro en la discusión dejó al león alado literalmente mareado.
-¡¿Qué?!
-No tuve la oportunidad de escuchar todos los argumentos de Sir Wilcox – observó el Guardián Lunar-. Pero entendí que é l cree que no puede haber balance entre Sol y Luna porque el primero es una fuente infinita de infinito poder de luz y calor. Ahora bien, el infinito sólo puede ser igualado por el infinito mismo. La oscuridad infinita sólo puede ser infinita si jam ás encuentra la luz y calor infinitos, porque una destruiría a la otra para preservar su perpetuidad. Este dilema decreta la total impracticabilidad de crear Guardianes basados en símbolos infinitos, dado que nunca podrí an estar juntos. Por lo tanto, la criatura elegida para ser mi compañero debería ser una que pudiera estar en balance conmigo: un ser más humilde, más callado, menos poderoso. Y estoy de acuerdo con ese concepto.
Lo que hacía perfecta la bofetada de Yue era, por supuesto, la impecable falta de emoción en el tono de su voz y la absurda indiferencia en su comportamiento. Kerberus probablemente pasaría unos cuantos dí as cuidando de un orgullo lastimado después de eso. Gareth parecía tan perdido y desconcertado como si alguien le hubiera bajado los pantalones frente a la Reina y la Corte entera. Y la risa satisfecha de Tata no hacía ningún bien a sus esp íritus.
Clow cerró los ojos, escondiendo los labios detrás de la servilleta y tratando de no lucir tan complacido como se sentía. Que los sabios se preocuparan sobre Realidad Física. Él conocí a a sus amados Guardianes como la palma de su mano. Estaban en perfecto balance con él, cada uno tirando de una esquina de su corazón. No los cambiaría por nada en este mundo, o en el siguiente.
~*~
Sorpresivamente, los cinco sobrevivieron al resto de la cena relativamente ilesos. Gareth hizo algunos lastimosos intentos má s por salvar sus teorías de las implacables distorsiones de Yue, pero tan pronto como se las arreglaba para obtener un punto, el Guardián Lunar volvía sus argumentos en su contra, no siempre limpiamente, pero sin darle jamá s al adversario tiempo suficiente como para recobrarse. Masajéandose las sienes, alegó una repentina migraña, rechazó el licor de menta y se tambaleó hacia su habitación en el ala de hué spedes. Pero Clow no estaba preocupado. El chico era joven y perseverante, y después de una buena noche de sueño tendría un nuevo tema de debate listo para empezar durante el desayuno.
Kerberus no podría preocuparse menos acerca de la lógica de la discusión, y las conjeturas de Gareth sólo le servían para frotar su innegable superioridad contra la nariz de Yue. Como su aliado falló en proveerle las herramientas para alcanzar su meta, el león alado eligió mirar ferozmente, con astillas de venenoso desdén, a todos en el comedor. Afortunadamente, habí a sido lo suficientemente educado como para no saltar a cuello de Yue y abrírselo de una dentellada en frente de los invitados. No, luego de escupir algunos despreciativos y resentidos insultos al indiferente Guardián Lunar (quien habí a dominado la técnica de lucir imperturbable, pero que probablemente había sentido cada golpe), Kerberus marchó orgullosamente al salón de música y se concentró en rumiar su cólera en la chimenea sin encender.
Con la ayuda de Movimiento y Burbujas, Yue se encargó de los platos y de limpiar la mesa, esta vez luciendo menos satisfecho con la labor casera, y por lo tanto luciendo más como su yo usual. Eso dejó a Clow a solas con Tata en el estudio del mago, un pequeño vaso de líquido verde olvidado entre sus dedos y un ceño fruncido, mientras que no podía encontrar un lugar cómodo dónde sentarse.
-Tal vez debería traer aquí mi poltrona – murmuró para sí.
-La llevas alrededor del mundo en todos tus viajes – se enojó Tata, estirándose en el sofá-. Lo que sigue es verte cargándola por toda la casa también. ¿Por qué no la duplicas, o triplicas? ¿Por qué no tienes una p ara cada habitación de cada casa donde vives usualmente?
-Es una buena idea...
La mujer sacudió la cabeza con consternación.
-¡Se suponía que fuera una broma, Ojos Azules!
Clow sonrió.
-¿Has notado que Kerberus habla inglés con un acento idéntico al tuyo?
-¿Qué acento? – contestó ella desafiante.
-Él es una genuina esponja para acentos exóticos. Dos minutos con un turco en París y empieza a hablar francés como un auténtico ciudadano turco. Por supuesto, lo hace principalmente para disgustar a Yue – dejó escap ar una risita-. Fue realmente divertido allá afuera. A pesar de su elección de aliados, Kerberus habló justo como tú, mientras que Yue tenía la misma suave entonación que Gareth adquirió en Cambridge.
-Deberías escucharte hablar a ti mismo antes de burlarte de los acentos de los demás – resopló Tata.
Clow finalmente decidió desatarse la capa y sentarse de piernas cruzadas en el antepecho de la ventana.
-Muy bien, Tata, vamos al grano. Has estado reprendiéndome con los ojos desde que llegué, y eso fue hace cuatro meses ya. ¿Cuándo vas a decirme qué es lo que te tiene tan decepcionada?
-No estoy haciendo ningún misterio de eso – suspiró ella.
-¿Porque me fui sin despedirme? Realmente lo siento... todo fue muy repentino, recibí la carta de Madre y sólo tuve tiempo de dejarte aquella nota...
-Por favor, si vas a mentirme, al menos encuentra una excusa mejor – interrumpió ella-. Has estado haciendo de todo para huir de ella y de todo el clan Li desde que tuviste edad suficiente para viajar solo. Y estabas aquí, en la s tierras de tu padre, porque sabías que nada puede sulfurarla más. Cualquier razón que te haya dado para regresar con ella, siempre podías responderle que el legado de tu padre necesitaba tu atención, y ella no podrí a responder a eso. Pero entones, inesperadamente, en el momento más conveniente para ti, la vieja bruja finalmente triunfó sobre tu obstinada reluctancia y te fuiste, sin consultarme, sin pedirme que razonara con ella, sin darme ninguna explicaci ón sino una rápida y sentimentaloide nota de despedida. No hay coincidencias en este mundo, Ojos Azules.
Fue como correr perseguido por una manada de búfalos enfurecidos. Clow bebió su licor, buscando coraje en el dulce ardor en su garganta.
-¿Por qué dijiste que era el momento más conveniente para mí?
-¿Por qué no me lo dices tú a mí? – ripostó Tata-. Nos ahorraría montones de tiempo y saliva si simplemente lo admites.
El vaso de licor estaba empezando a lucir demasiado pequeño para el mago. Haberse quitado la capa tampoco parecía haber sido una idea brillante, cuando regresó esa estremecedora sensación de estar desnudo frente a una multitud.
-No estoy seguro de qué es lo que se supone que tengo que admitir – ofreció.
-Para empezar, que estabas huyendo otra vez. De mí.
-Pero yo nunca... – Clow se detuvo antes de decir algo realmente estúpido. Así era como "nunca he huido de ti" habrí a sonado, considerando lo asustado que se sentía ahora-. Tú me abrumas, Tata.
La mujer sonrió, su cólera disipándose.
-Tu padre fue mi tutor, Ojos Azules. Todo lo que sé sobre magia y sobre los corazones de las personas, lo aprendí de él. Eres, y por mucho, un mago mucho más grande de lo que él jamás esperó ser, pero aú n tienes un largo camino que recorrer antes de ser el hombre que él fue.
Clow asintió, la verdad de ese comentario hacía que su alma se sintiera fría y vacía.
-La víspera de mi partida... tuvimos una discusión – susurró-. Un debate, justo como ese con Gareth.
-Así que lo recuerdas, después de todo – ella sonrió.
-El tema era similar. Estabas cuestionando mis procedimientos al crear a mis Guardianes.
Tata puso los ojos en blanco.
-Puedes hacerlo mejor que eso, muchacho.
Él siempre había pensado que el estudio de su padre (su estudio ahora) era un lugar oscuro luego de anochecer. Esta noche la habitació n no era lo suficientemente oscura como para esconder su cara de confusión.
Sí, podía decir algo mejor que eso. Sus palabras esa tarde, diez años antes, estaban lejos de haber sido olvidadas. Peligrosas, pasmosas palabras que habían hecho tan fácil para él aceptar uno de los acostumbrados ultimá tums de su madre. Palabras de pesadilla que había llevado consigo en sus viajes, de ida y vuelta, justo como a la vieja poltrona escarlata.
Simples palabras formando una sola pregunta, para la cual no tenía una respuesta aceptable.
-Me preguntaste por qué creé a Yue... en la forma en que lo hice.
Extrañamente, no era una cuestión acerca de la cual Gareth hubiera pensado. Estaba más preocupado por lo básico del concepto del balance, y la forma en que Clow había intentado alcanzarlo.
Kerberus, Sol, luz, calor, extroversión, instinto, devastación, Occidente, Yang.
Yue, Luna, oscuridad, frío, introversión, razón, erosión, Oriente, Yin.
Creados para ser polos opuestos. Para alimentar una rivalidad que los convencería en forma constante de que si uno se comportaba de cierta manera, el otro deberí a actuar en forma diametralmente opuesta. Para ayudarlo a armonizar el conocimiento y el talento que había heredado de sus indescifrablemente contrastantes padres.
Como un estudioso, el joven Gareth escalaba por el borde de nociones elusivas, arriesgándose a derrumbar toda la estructura con el peso de sus ansias, con la esperanza de encontrar al otro lado del mundo lo que se le había negado cuando demostró carecer del don mágico por el que eran famosos sus ancestros. Clow apreciaba al muchacho por su entusiasmo y curiosidad. Pero su mente se volvía obsesiva con los enigmas que flotaban a su alrededor, justo fuera de su alcance, Gareth ignoraba por c ompleto la pregunta manifiesta que Tata, con su experiencia, señalaba con perturbadora precisión.
-¿Está equivocado buscar belleza y perfección? – preguntó Clow, sin lograr sonar tan desafiante como intentaba-. Los hice así a todos, ambos Guardianes y todas las Cartas.
Tata bebió su licor y tomó la botella. El hijo de su tutor había retomado la vieja discusión a partir de un punto muy temprano. Ella podría necesitar más combustible para el viaje.
-¿No consideraste que la fealdad debería estar en balance con la belleza?
-Cuando llevas esas teorías hasta el extremo, todo lo que obtienes es autodestrucción. Yue demostró ese punto durante la cena.
-Yue estaba en una carrera sofista para salvar su orgullo, o al menos hacer que sus atacantes se callaran por un par de horas. Aprendió eso de ti.
Clow apretó los dientes. Tata era una adversaria más fuerte en un campo difícil.
-Muy bien, entonces. No consideré el balance de fealdad y belleza. Te concedo eso.
-Caray, gracias – comentó la mujer sarcásticamente-. ¿Por qué no me das toda la aclaradora parrafada acerca de por qué le diste... cómo lo llama Gareth... cualidades antropomórficas?
-Culpas a Gareth por cada palabra de más de tres sílabas, como si no las usaras tú misma.
Ella rió.
-Entonces, te concedo eso. Después de escuchar tanto parloteo debe habérseme pegado su "acento" también. Ahora, sigamos con el sermón.
Clow sacudió la cabeza, abandonando su vaso en el antepecho.
-No hay sermón, Tata. No creo que tenga nada que pueda convencerte. Podría parlotear, como dijiste, sobre la dualidad del instinto animal y la razón humana por el resto de mi vida, y tú aún me azotarí as con esos ojos penetrantes que tienes hasta que te diera la respuesta que quieres escuchar.
-Ojos Azules, ¿puedes decir honestamente que hiciste que Yue luciera tan humano sólo por filosofía? Gareth podría creer eso. Tan inteligente como es, simplemente nunca entendería de dónde viene la verdadera magia.
-Muchas de mis Cartas tienen apariencia humana.
-¡Tus Cartas son cartas! Lucen humanas cuando las convocas, pero luego vuelven a ser cartas. No caminan tan libremente por la casa, no estudian contigo, no comen contigo, no toman una siesta con sus cabezas en tu regazo, no te despiertan en la mañ ana para ayudarte a vestirte para el desayuno. No son tan constante y estremecedoramente humanas. Y no tienes que lidiar con cada una de ellas durante veinticuatro horas al día.
-¿Pero cuál es exactamente tu punto?
-Sabes cuál es mi punto. O de lo contrario no habrías sentido la necesidad de huir – se enfadó cansadamente-. No me hagas repetirlo.
Clow mordió el lado interno de su mejilla, encogiéndose ante su tono reprobador. Tata tenía una manera única de hacerlo sentirse como un niño torpe y nada refinado; ni siquiera su madre podía hacerlo así de b ien. A su espalda, la luna llena iluminaba la noche sin nubes con una furia que podría haber cambiado todos los comentarios de "roca muerta", cargando los árboles má s altos con afiladas astillas de plata. No era una noche para cegarse con la oscuridad.
Era una noche de iluminación.
-Quise que mi Guardián Lunar fuera alguien con quien pudiera relacionarme – murmuró por fin-. Alguien que pudiera mirarme directamente a los ojos. Eso podría forzarme a ser mejor.
-Kerberus lo hace también – le recordó Tata.
-Pero Kerberus no es... -¿qué? ¿Cuál era la cualidad faltante en él que hacía tan importante la falsa humanidad de Yue?
Su mente repasó en forma distraída las páginas de su diario, buscando una justificación plausible. Había pensado en varios animales y figuras míticas antes de elegir a un león dorado con alas. Pero justo desde la primera concepció n, Yue había tenido apariencia humana. ¿Por qué?
-Quería un igual.
Las palabras brotaron suavemente, casi por su propia voluntad. Clow se pasó un dedo por los labios, como si comprobara que se habían movido realmente.
-¿Obtuviste uno?
Entre la interrogación de Tata y la luna llena a su espalda, se sintió completamente acorralado.
-Él me entiende. Puedo hablar de todo con él. No teme criticarme. Podemos caminar juntos y él puede experimentar las cosas casi exactamente como lo hago yo: el cé sped bajo nuestros pies, el viento en nuestro cabello, el esfuerzo en nuestras piernas, las espinas de rosa en nuestros dedos, el sudor corriendo por nuestras espaldas.
-¿Eso lo hace tu igual?
-Algunos dicen que los hombres fueron creados a imagen de Dios – Clow se encogió de hombros-. Pero no hay mucha igualdad entre creador y criatura si la criatura no tiene el poder de vida y muerte sobre el creador. Eso es un hecho.
-Y no le diste a Yue ese poder – concordó ella.
-Confieso que no soy tan audaz – la miró con curiosidad-. No me digas que es por eso que estás regañándome.
La mujer sonrió.
-Cuando llevas una teoría hasta el extremo, todo lo que obtienes es autodestrucción.
Clow le sonrió, decidiendo darle una segunda probada al licor de menta.
-Me parece que he escuchado eso antes en algún sitio.
-¿Pero no es extraño que hayas dicho que no eres tan valiente? – Tata enarcó una ceja-. Pasaste por muchos problemas para crear un igual, o un casi igual, con quien estar. Muchas personas habrí an tratado de encontrarlo en las calles, en sus vecindarios, en sus familias. Has ido a conocer quién sabe cuántos países y conociste quién sabe cuánta gente. Al menos un buen centenar de otros magos. Al menos u n buen millar de otros chiflados. ¿Ninguno de ellos fue suficientemente bueno?
-Quería... – sintió que su maltratado corazón se rompía-. Quería lo que tengo en Yue.
-Lo cual es...
-... Yue.
-Tu terquedad no va a vencerme, Ojos Azules.
-No estoy tratando de vencerte. Es tan simple como eso. Hice a Yue en la forma en que lo hice porque eso era lo que quería. Eso era lo que necesitaba – eso. Ese argumento sonaba suficientemente definitivo. Ahora podrí a disfrutar realmente el licor.
-¿Y para qué necesitabas la Luna?
El líquido verde tomó el camino equivocado en la gargante de Clow y él se atragantó. Tata sólo puso los ojos en blanco.
-Tómate tu tiempo. Piensa por un momento, mientras toses.
Los ojos del mago automáticamente cayeron en la tercera gaveta de su escritorio, ahí era donde estaba guardada la última carta de su madre, sin haber sido contestada. Había sonado bastante preocupada por los piratas que venían de Kowloon...
Clow se puso en pie y se dio vuelta para abrir la ventana, dejando que la luz lunar golpeara su cobarde cara.
-La Luna podría orbitar más cerca de mí.
Las verdades más simples eran las más duras, ¿no era así? En el sistema Tolomeico, el Sol era sólo el "cuarto cielo", colgando alrededor de la Tierra, detrás de Venus, Mercurio, y más cercana, la Luna. Y después de Copé rnico, era más o menos oficial en Occidente (siempre que no hablaras tan alto como para atraerte la ira de los clérigos) que el Sol no prestaba atención a la Tierra, y que era la humanidad la que hací a piruetas alrededor de la centellante bola de fuego, suplicando por su calor.
Y la luna hacía piruetas a su alrededor, cerca y fielmente, suplicando por... ¿qué?
-Él hace justamente eso, ¿sabes? – la voz de Tata lo sorprendió por su proximidad. Sin que lo notara, ella se había acercado y estaba a dos pasos de él.
-¿Qué quieres decir?
-Él mantendrá esa misma órbita mientras tú vivas. O mientras no le indiques otra cosa.
Él frunció el ceño.
-¿Piensas que debería indicarle otra cosa?
-Dijiste que querías un igual.
-Él no puede ser mi igual. Ya determinamos eso.
-Pero aún tenemos el que tú lo querías un igual.
-¡¿Que yo quería...?! – Clow tragó saliva. Un búho saltó de su percha en un ciprés de afuera, cruzando ominosamente el cielo. Que él quería.
Quería lo que tenía en Yue.
Lo cual era...
Yue.
Clow giró sobre sus talones, los ojos encendidos mirando con furia a la mujer.
-Creo que no aprecio tus sugerencias.
-Oh, ya determinamos eso – ella sonrió malévolamente-. ¿Así que, cuándo vas a dejarnos para ver a tu querida madre?
-No puedo negar que hay muchos magos que crean juguetes vivientes para llenar sus necesidades egoístas, pero que pienses que soy uno de ellos...
-¡Nunca pensé eso! Ninguna de tus creaciones, ni siquiera de las primeras, puede ser llamada un juguete viviente. Y por lo de llenar tus "necesidades egoístas", como las llamaste, todo lo que querías era un igual... así que no te concedes a ti mismo mucho valor.
Clow mantuvo el silencio, hasta que su voz recobró algo de calma.
-Son mis niños, Tata. Todos ellos.
-Son lo que tú les digas que sean – respondió ella-. Lo que tu corazón te diga que son.
-Pero, Tata...
-Mi padre me enseñó lo básico sobre crear criaturas vivientes – le dijo ella-. Y tu padre compartió los secretos de la manufactura de seres sensibles conmigo, los mismos que leíste en su diario. Pero nunca creé uno para mí . Tal vez podría usar un sirviente o dos, pero siempre he conocido mis limitaciones, Ojos Azules. Ellos se habrían convertido en juguetes vivientes, haciendo todas esas horribles labores que yo demandaría de ellos, y nunca me mirarían en la forma en que desearía que lo hicieran. Y, francamente, no necesito que nadie me recuerde cuán solitaria y árida puede ser la vida de una hechicera.
Luciendo muy vieja de repente, Tata se sentó en el antepecho, ajustando los pliegues de su sarong.
-No viviré por siempre, Ojos Azules. Y estoy empezando a sentirme aliviada por eso. Ha sido demasiado tiempo.
Clow se sentó junto a ella, el peso de las estrellas cayendo sobre sus hombros.
-Lo siento, Tata.
-Sólo necesito hacer una pregunta más, muchacho – dijo ella con voz ronca-. Entonces te prometo no fastidiarte más.
-No quiero que dejes de fastidiarme.
Ella sonrió, acariciando su brazo y apoyando su cabeza en el hombro de él.
-¿Podrías ponerlo por escrito y firmarlo?
Él tomó su mano, acariciando sus dedos nudosos.
-Con gusto.
-¿Por qué lo hiciste tan dependiente de ti?
Clow suspiró.
-El Sol puede brillar por sí mismo, pero la Luna refleja...
-Ahórrame tu poesía astronómica – lo cortó ella-. Él depende de tu magia, como las Cartas; Kerberus es la única excepción, porque tú esperas que él proteja a todos si algo te pasa a ti. Pero eso no es lo que pregunté.
-Entonces no ent...
-¿Por qué lo hiciste a él tan dependiente de ti?
El estrés en la última palabra era claro. El objeto de la cuestión, no.
-¿Crees que es demasiado dependiente?
-¿Nunca lo has notado?
-¿Estamos hablando del mismo "él"? Pensé que te referías a Yue.
-Entonces, nunca lo has notado -concluyó ella amargamente.
-¡¿Yue?! – resopló él-. Creo que tú no has notado que él no me ha dirigido la palabra en todo el día.
-Ah – la hechicera levantó la mirada-. Entonces, lo notaste.
-¿Y ahora no me dices una palabra para probarme que es dependiente?
-No la hay. A menos que consideres el factor Gareh Wilcox.
O mejor dicho, "Sir" Gareth Wilcox. Un poco de misterio que Clow estaba determinado a aclarar.
-No le agradan las teorías de Gareth. No puedo culparlo por eso.
-¿Y qué piensas tú de las teorías de Gareth?
-Él es sólo un niño. Piensa que la única forma de probar su inteligencia es derrotando a alguien más. Superará eso eventualmente.
-Pero no te molesta escucharlo – comentó Tata-. Incluso lo invitas a pasar el verano en tu casa y parlotear incesantemente sobre la inutilidad de la Luna.
Quitándose los lentes, Clow se frotó la nariz.
-Yue sabe lo que pienso.
-¿Estás seguro?
-¿No pasé todo el rato refutando sus argumentos?
-Sí, lo hiciste. Calmadamente, racionalmente, sensiblemente, pacientemente.
Él la miró con sospecha.
-Lo haces sonar como si fuera algo malo.
-¡Ojos Azules, si pasara mi vida orbitando alrededor de un muchacho que discute tranquila y racionalmente si soy o no innecesaria, no me verías preparándole la cena!
Clow casi dejó caer los lentes. ¡Eso era! El astuto mensaje de Yue con las servilletas beige sin el monograma. Había preparado la cena para la única aliada que tenía en esa mesa. Su propio Amo quedaba descontado.
-Está enojado conmigo -comprendió con sorpresa.
-No, no lo está – lo tranquilizó Tata-. Es por eso que te digo que es demasiado dependiente. Está en su derecho de enojarse contigo, y tú le diste suficiente libre albedrío como para que pudiera venir aquí y decirte tres o cuatro cosas. Pero no lo hizo, no sobre este asunto en particular. Prefiere mostrarte su resentimiento sirviéndome el más delicioso ciervo asado que he comido jamás, y librándose de ese feo monograma tuyo.
-Y comiendo de tu plato – añandió Clow frunciendo el ceño-. Nunca lo había visto aceptar comida de nadie que no fuera yo.
-Tienes el poder de vida y muerte sobre él, Ojos Azules – dijo ella tristemente mientras se ponía en pie-. Pero él tiene el poder de hacerte sentir totalmente incómodo para hacer esas elecciones. Si sólo te está haciendo sentir un poquito incómodo, tal vez deberías preguntarte a ti mismo por qué – ella sonrió-. O tal vez deberías preguntarle a él por qué . Algunas veces la aproximación directa funciona también.
Percibiendo el final inminente de la conversación, Clow sintió una mezcla de alivio y terror. Las palabras de Tata lo habían arañado sin piedad. Pero estar solo en el silencio de la noche con su eco golpeando sus oídos prometía ser aú n más desagradable.
-Tata... la razón por la que creé a Yue...
-Olvídalo.
-Pero tú...
-Mi muchacho, es muy raro para un hombre o una mujer actuar por algo que no sean sus propias necesidades egoístas. Comemos para satisfacer nuestro apetito y glotonería. Dormimos para refrescar nuestros cuerpos y mentes. Construimos para garantizarnos confort y celebrar nuestro orgullo. Destruimos para garantizarnos seguridad y celebrar nuestro orgullo. Vivimos porque esperamos ser felices y que nos necesiten. Amamos por las mismas razones – revolvió el cabello de él cariñosamente-. Tú lo creaste. Él es como es. Lo único importante ahora es lo que har ás a continuación.
-¿Tengo tantas opciones?
-Al menos tienes dos.
-Una...
-Mantenerlo en una órbita cercana y estable a tu alrededor.
-Dos... – se molestó-. ¡Si vas a decirme "borrrarlo", puedes irte olvidando de eso!
Tata lució ofendida.
-¡Oh, cielos, yo no soy Gareth!
Clow asintió y respiró profundamente.
-Correcto. Me disculpo. Entonces... mantenerlo en una órbita estable y cercana o...
Ella guiñó un ojo.
-... hacer contacto.
El mago deseó haber tenido más tiempo para sonrojarse y sentirse sucio y ridículo. Desafortunadamente, justo en el siguiente segundo Movimiento y Burbujas, en sus formas de cartas, entraron volando a través de la rendija de la puerta, present ándose ante su Amo. Una educada llamada a la puerta anunció a un Guardián Lunar siguiéndolas no muy atrás.
-¡Entra, dulzura! – llamó Tata.
Yue entró como una prueba de lo oscuro que estaba realmente el estudio, sin reparar en la actitud sombría de Clow. El Guardián Lunar no estaba flotando ni usando alguno de sus poderes, y su luminosidad natural no deberí a haber sido tan cegadora. Pero la furiosa luna llena en el exterior palideció y retrocedió ante la presencia de su retrato más pequeño y definido.
-Estás un poco... húmedo, querido – sonrió la hechicera.
De hecho, la túnica de Yue estaba empapada y pegada a su piel, y sus flequillo goteaba.
-Burbujas estaba de buen humor – explicó bastante lacónicamente.
Traducción: la cocina era un desastre. Pero Clow estaba demasiado cansado como para preocuparse.
-Vine a ver si necesitaban algo – dijo Yue gravemente.
Y mirando directamente a Tata.
-Sí, necesito una larga noche de descanso profundo y sueños agradables sobre un mundo sin demasiados chiflados – ella se estiró y bostezó.
-Podría enviarle a Dormir o a Sueño... o ambas – ofreció el Guardián.
Ella tomó sus manos y le dedicó su mejor sonrisa.
-No te molestes. Todo lo que necesito para adormilarme es una rápida sesión de discusión filosófica con Ojos Azules. Y todo lo que necesito para tener sueños agradables es mirarte a ti una vez más – se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla-. Buenas noches, dulzura.
Tata siempre se las arreglaba para conseguir que Yue se sonrojara y sonriera. Clow solía amarla por eso. Ahora de repente estaba empezando a... no amarla tanto.
Y la amó todavía menos cuando, justo cuado cruzaba la puerta rumbo al corredor, se volvió hacia su Guardián Lunar una vez más, como si se le hubiera ocurrido de pronto.
-Si quieres, puedo arrastrar a Kerberus a su habitación. Ojos Azules quiere preguntarte algo.
Esta vez Clow realmente dejó caer sus lentes. Afortunadamente, cayeron en la alfombra, sin dañarse.
Ignorante del pánico de su Amo, Yue sacudió la cabeza.
-Déjemelo a mí. Está gruñón esta noche. Podría morderla.
A Clow le tomó un par de segundos el comprender que Yue estaba hablando de Kerberus, no de él. Pero miró a Tata como si fuera a morderla.
Ella sólo agitó la mano y caminó alegremente rumbo al ala de huéspedes.
-Si hay un prospecto que me aterroriza hasta la médula es volverme tan insidioso y tramposo como ella cuando envejezca – murmuró Clow.
Yue lo miró con una muda, ilegible expresión. El mago se encontró a sí mismo deseando una Carta lectora de mentes.
¿Por qué había tenido que hacer a Yue así? Silencioso, reservado, sobrio, majestuoso... no era un igual. Era una epifanía. Un jactancioso sueñ o convertido en realidad.
Cinco resueltos pasos hacia delante y Yue estaba frente a él, a menos de un brazo de distancia. Las dos Lunas hicieron contacto visual a través del vidrio transparente de la ventana. Clow permaneció aturdido entre ambas.
El Guardián se arrodilló rápidamente para rescatar los olvidados anteojos antes de que alguien los pisaran.
-¿Es por esto por lo que quería preguntarme, Amo?
Clow reprimió un gruñido de disgusto. Yue solía llamarlo por su nombre en privado. ¿Eso era parte de su resentimiento?
Pero al menos eso le ofrecía una forma de salir del avergonzamiento al que lo había lanzado Tata.
-Sir Wilcox.
El rostro de Yue era la máscara de una esfinge.
-¿Qué hay con él?
Tardíamente, el mago se dio cuenta de que Yue había pasado al japonés tan pronto como se habían quedado solos. Había sido creado en la isla de Honsu, y por eso consideraba el idioma local como su primer lenguaje, aú n a pesar de que lo hablaba con muy pocas personas ahí, aparte de Kerberus y el propio Clow. Era una de las más interesantes manías de Yue.
-Gareth es el ahijado de mi padre – le contestó, también en japonés-. Prácticamente creció en esta casa. Tú y Kerberus solían jugar con él, junto con Laberinto, Velocidad y Salto. Tú eras el que rescataba sus gatitos de las copas de los árboles. ¿Desde cuando se convirtió en "Sir Wilcox"?
-Creció.
-¡Nunca he escuchado a nadie llamarlo así! Dudo que siquiera los sirvientes de Lady Wilcox lo llamen...
-Sus grifos se dirigen a él de esa forma, Amo.
Lo que Lady Wilcox optimistamente llamaba sus "grifos" eran en realidad cuatro animales del tamaño de perros creados con su magia, con cabezas de paloma, cuerpos de gato, y rayas de cebra. Kerberus tení a una mejor oportunidad de ser confundido con un grifo que cualquiera de esas pobres estúpidas criaturas.
Habían sido planeados para ser esencialmente mascotas ornamentales; podían hablar y cantar casi hábilmente, pero podían hacer poco más que eso. Para que Yue empezara a honrar sus opiniones...
-Yue, tienes una historia que contarme, ¿no es así?
El Guardián le ofreció los lentes y se apoyó contra la pared.
-¿Recuerda cuando él le preguntó si el verde era un color por sí mismo?
Clow resopló. Había sido una discusión particularmente extraña, justo después de que él y sus Guardianes regresaran a Inglaterra. Gareth, por alguna razón, había convertido en un asunto de vida o muerte el determinar con precisi ón científica si el verde era un "color real" o una "variedad de azul". El mago ahora no podía recordar siquiera qué le había dicho al muchacho, tan ansioso como había estado por salir de una controversia tan sin sentido.
-¿Hay una cuestión práctica en eso?
-Se suponía que los grifos fueran de diferentes colores. Rojo, amarillo, azul, y el cuarto era verde.
-¿Era?
-Usted me envió a su casa para entregar la invitación para el verano – le recordó Yue-. Cuando llegué ahí, Lady Wilcox estaba terminando el hechizo que volvió blanco al grifo verde.
-¿Por esa estúpida discusión? – Clow se sentó otra vez en el antepecho. Definitivamente tenía que traer su poltrona al estudio.
-No sé con quién más había estado discutiendo Gareth – el Guardián se encogió de hombros-. Aparentemente alguien, tal vez un condiscípulo, objetó que los grifos no eran de diferentes colores porque el verde es simplemente azul mezclado con un poco de amarillo. Así que vino a usted, y usted concordó con que el verde no es un color primario, sino en último caso un tono de azul.
-¿Eso fue lo que le dije?
Yue asintió.
-Así que él fue con su madre y la convenció de que tener un grifo verde era asimétrico. Entonces pensaron en borrar al cuarto grifo.
-¡¿Qué?!
-Pero Lady Wilcox acababa de enseñarles una canción para cuatro voces. Así que terminaron simplemente cambiando el cuarto color a blanco.
Hablando de necesidades egoístas...
-Fue entonces cuando empecé a llamarlo "Sir Wilcox" – concluyó Yue-. Justo como lo hacen sus grifos.
Clow sólo podía contemplar boquiabierto a Yue en perplejidad absoluta. Eso explicaba un montón de cosas que estaban pasando en su casa ese verano.
-No tenía idea...
-Usted todavía piensa en él como en el niñito que trepaba por su capa para colgarse de su cuello y suplicar por pasteles de fresa, Amo. Pero él ha cambiado.
-¿Por qué no me lo dijiste antes?
Yue trató de apartar de su cara el goteante flequillo, pero éste cayó sobre sus ojos otra vez.
-El grifo no fue lastimado – dijo distraídamente-. El hechizo era indoloro y su mente, demasiado plana como para tener preferencias más allá de "amo contento mejor que amo descontento". Probablemente ni siquiera notó el cambio. Y aú n si hubieran decidido borrarlo, estoy seguro de que no lo habrían dejado sufrir.
-¡¡¡Ese no es el punto!!! – exclamó Clow, en shock por las conjeturas de Yue.
El Guardián suspiró.
-No, no lo es. Pero yo... – dudó.
-¿Qué? – el mago se estiró para sujetar la muñeca de su Luna privada-. ¿Qué, Yue?
-Temía que me dijeras eso si te contaba esta historia.
Clow miró con asombro a su creación. Tímido, temeroso, solitario... no era un igual. Era un niño que dependía de él.
-Tendré una seria charla con ese muchacho mañana a primera hora – prometió.
-Sé que no es personal – susurró el Guardián-. Lo que dijo sobre la Luna.
-Aún si así fuera, esto no puede afectarte, Yue. Para empezar, tu no eres un grifo descerebrado; él te respeta. En esa confundida cabeza suya hay una gran diferencia entre matar a un perro y asesinar a un ser humano, y esa es la diferencia que ve entre las mascotas de su madre y tú. Aún si tuviera algún poder para lastimarte, no querría hacerlo.
-Lo sé, Amo.
Clow se puso en pie y sujetó la barbilla de Yue, asegurándose de que sus ojos felinos lo miraran.
-Y aún si quisiera dañarte, no pasaría sobre mí. Es horrible que sienta que tiene el derecho de jugar con las vidas que su madre creó como si fueran juguetes animados. ¡Pero no te tocará a ti porque tú eres mío!
Era difícil decir quién se sorprendió más con las últimas palabras, si Yue o el propio Clow. No se suponía que sonaran tan... posesivas. O celosas.
Los labios de Yue se curvaron en una leve sonrisa.
-Soy tu Guardián, Clow. Soy yo quien debe protegerte a ti, no al revés.
Ese pequeño intento de sonrisa justo en la palma de su mano... y su nombre sonando tan suave en esa suave voz de alto...
-Entonces, haz bien tu trabajo.
La sonrisa se desvaneció instantáneamente, reemplazada por una mirada de sorpresa y culpa.
-¿A-Amo? ¿Qué hice mal?
-Si quisiera un grifo descerebrado para estar de acuerdo con mis decisiones, habría hecho uno. No te hice inteligente ni te di voluntad sólo para probar mi habilidad como mago. Te necesito para señ alarme mis errores y advertirme sobre las consecuencias de mis actos cuando fallo en predecirlos. Si alguna vez me encuentras escuchando lo que tú piensas es un montón de disparates y tú temes que les esté prestando atenció n, tienes el derecho y el deber de cuestionarme al respecto y hacer cualquier esfuerzo por meter algo de sentido en mi chiflada cabeza – pasó los dedos por el hú medo flequillo plateado, y entonces sujetó la cara de su Guardián con ambas manos-. Te necesito, Yue. No me falles.
Los irises del Guardián se agrandaron y relucieron. Su barbilla se endureció. Miró a su Amo como un vulnerable conejo hipnotizado por la mirada de una serpiente. Le tomó un momento encontrar su voz otra vez.
-Yo... yo entiendo, Amo. Me disculpo.
Clow abrió la boca para responder... para confortarlo o para disculparse por ser demasiado indulgente con Gareth por tanto tiempo... pero su cerebro declinó impulsar palabra alguna por su garganta, eligiendo en cambio flotar apasionadamente alrededor de esa presa invaluable que sus dedos mantenían cautiva. ¿Cuántos soñadores habrían estirado sus manos hacia la Luna con vanas esperanzas de atrapar esa solitaria, quimérica joya aunque sólo fuera por un segundo...? ¿Habrían esperado que fuera tan suave y delicada? ¿Habrí an concebido que esa perfecta gema pudiera mirarlos con tanto asombro y reverencia?
Una pequeña gota cayó de una hebra plateada y aterrizó en la mejilla de Yue, muy cerca de su ojo. Si Clow no lo hubiera sabido, habría podido confundirla con una lágrima.
Había creado a Yue en la forma en que era. Ahora... ¿qué iba a hacer a continuación?
Porque su gentil Luna no se apartaría de su órbita asignada. Yue podría permanecer ahí, quieto y esperando, hasta que se le indicara otra cosa.
Y a causa de eso, Yue jamás podría ser su igual.
Clow suspiró profundamente, y retrocedió.
-En cualquier caso, no necesitas preocuparte porque escuche a Garteh – dijo, sólo por decir algo-. No respecto a esto.
-Gracias, Amo.
El mago se estremeció ante el honorífico. Estaba disgustándolo esa noche más allá de toda lógica.
-¿Por qué te quitaste la capa, Clow? – Yue miró la prenda y la puso rápidamente en los hombros del hombre, levantando sus alas para bloquear la corriente de aire que venía del corredor-. El verano está a punto de terminar. Está haciendo más frío esta noche.
Los ojos de Clow se agrandaron. Entonces rió. Fuerte y deleitosamente.
-¿Clow?
-Oh, cielos... solo recordaba algo que dijo Kerberus más temprano acerca de enloquecidos cambios de humor.
Yue se cruzó de brazos y frunció el ceño.
-Lo escuché. Y fuiste tú quien lo dijo – mantuvo sus alas como una barrera protectora a pesar de eso.
-Me estaba refiriendo a Tata – el mago trató de defenderse-. Pero supongo que todo el asunto falló.
-Siempre sucede cuando tratas de ganarle a ella.
-Algún día lo conseguiré – él guiñó un ojo.
Yue no parecía muy confiado.
-¿Realmente tienes que arrastrarme contigo en esto? – gimió.
-Ahora estás hablando justo como Kerberus.
El Guardián Lunar arrugó la nariz indignado ante eso, provocándole a Clow otro ataque de risa.
-Vamos, Yue, ha sido un largo día. Te ayudaré a llevar a Kerberus a la cama.
Yue apretó los labios, pero asintió.
Y muy inesperadamente, tomó la mano de Clow y la sujetó tiernamente mientras se dirigían al salón de música.
Mesmerizado por el simple gesto y su propia reacción, el mago dejó que su Guardián lo guiara por la casa, recordando cómo su padre había hecho lo mismo cuando Clow había sido un niñito asustado que se perdí a con facilidad en los laberínticos corredores de la gran mansión. Entonces la oscuridad en las esquinas de los altos techos le habían hecho temer un ataque traicionero de diablillos gnomos que querrían morder sus dejos y comerlos con azú car y canela, y él gritaría si su padre soltaba su mano. Ahora la oscuridad se sentía cálida y cómoda para su corazón, y conocía como un hecho que los diablillos odiaban la canela.
Pero aún así su mano se sentía asombrosamente segura donde estaba, y tuvo que tratarse un apenado gemido cuando encontraron a Kerberus y Yue lo soltó para sacudir al león dormido.
-Kerberus, despierta.
Resignado a sentirse un poquito celoso, Clow retrocedió para observar el espectáculo. Sus Guardianes tratando de despertar uno al otro siempre era un espectáculo.
Al principio el corpulento león ignoró descaradamente toda interferencia con su sagrada siesta, imaginando con certeza que la mayorí a de la gente era lo suficientemente sabia como para no turbar a una magnificente figura en su inviolable siesta. Incluso a la segunda serie de sacudidas y llamadas, Kerberus todavía no reaccionó asumiendo que si existía un infier no de seres poco sabios, sólo unos pocos estridentes imbéciles serían tan imprudentes como para continuar turbando su sacrosanta siesta.
A la tercera serie de sacudidas y llamados, el león alado gruñó y se tapó las orejas.
-Cállate, Yue.
-Ve a dormir a tu cama, Kerberus.
El Guardián Solar se movió un poco, golpeando una de sus alas contra Yue, casi accidentalmente.
-¡Kerberus, despierta!
-Estoy bien aquí.
-No es así. Cuando despiertes estarás gimiendo sobre calambres en tu espalda y todo tu pelaje estará enredado en tu cabeza. Ve a tu cama y quítate el yelmo, ahora.
El león trató de pegarle accidentalmente con la otra ala, pero Yue bloqueó el golpe justo a tiempo.
-¿Y qué te importan a ti mi espalda y mi pelaje? Tú, egoísta, vana alondra Lunar.
Clow se mordió el labio viendo la sorpresa de Yue al ser llamado de esa manera. Íntimamente se regocijó de saber que su alondra Lunar era mucho más cuidadosa, paciente, por no mencionar más gentil, cuando iba a despertarlo cada mañana.
-Tú me obligas a masajear tu espalda, cepillar tu pelaje y escuchar tus quejas todo el d ía – resopló Yue-. No gracias. Vas a irte a la cama.
-No te necesito – gruñó Kerberus-. Tengo a Gareth.
-Entonces le pediré a Clow que te regale a él.
El mago parpadeó ante la extraña táctica. Y parpadeó de nuevo ante la respuesta de Kerberus.
El león hizo un puchero miserablemente y apoyó su cabeza en el estómago de Yue, escondiendo su cara en la sedosa tela blanca.
-No.
-Pero ustedes dos se llevan tan bien. Estoy seguro de que Clow no se opondrá si es por tu beneficio y felicidad.
Clow definitivamente se opondría, pero escogió permanecer callado y ver qué pasaba.
-No – repitió Kerberus.
-Pero podrías...
-¡Dije que no!
-¿Por qué no?
-¡Él haría que su madre me pusiera rayas de cebra! – gimió.
Yue rió. Rascó las orejas de Kerberus, el frente de su cuello y frotó sus costados hasta que el león se dio vuelta y quedó acostado con la cabeza en su regazo. Y entonces rió un poco más.
-Imagino que nos veremos forzados a conservarte, entonces.
Clow tuvo que apoyarse en la tapa del piano mientras su corazón amenazaba con estallar. La mano de Yue en la suya... y ahora...
Piel sedosa y una bella risa. Si tan sólo pudiera rodar por el suelo con él...
Su niño. Yue era su niño.
-Vamos, Kerberus – insisitió Yue-. Cama. Ahora.
Pero el Guardián Solar estaba mostrándole sus mejores y más eficientes ojitos de cachorro.
-Awwww... Yue-chan... onegai?
Yue sacudió la cabeza con desesperación.
-Tú, enorme gatito mimado... – miró a su amo-. ¿Pequeño?
Como un reflejo, Clow sacó la Carta del bolsillo de su capa.
-Ayúdalos – pidió, con una voz sospechosamente ronca.
Pequeño saltó al frente, brincando alrededor de los Guardianes con una vibrante risita, analizando la situación con sus ojos naranja brillante. Entonces, con un agudo gritito de "¡Weeeee!", aterrizó en la nariz de Kerberus-sama. Al siguiente segundo, Yue-sama tenía un león bizco de tres pulgadas de largo en la palma de la mano.
Yue cerró su mano ligeramente, formando un abrigado nicho para proteger la sagrada siesta de Kerberus. Pequeño saltó a su hombro, sólo por si acaso. La última vez que había hecho eso, Kerberus-sama casi habí a destruido su gorro de dos puntas con sus atemorizantes, enormes fauces, y el Amo Clow había tenido que arreglárselo.
Pero aparentemente el Guardián Solar estaba bastante contento con el arreglo, y acurrucó en una bolita y empezó a roncar muy fuerte.
-Buen trabajo, Pequeño – le agradeció Yue.
Pequeño sonrió de oreja a oreja y saltó de vuelta a su forma de Carta, metiéndose en el bolsillo de Clow.
El mago observó a Yue ponerse en pie cuidadosamente, tratando de no sacudir la preciosa carga en su mano, y cerrar la distancia entre ellos, su hermosa risa ahora silenciosa, pero todavía brillando en sus ojos.
-Al menos es más fácil que arrastrarlo por las escaleras – susurró.
Clow apenas podía respirar. Había planeado meticulosamente cada detalle del cuerpo de Yue y su personalidad esencial. Cada pluma, cada hebra de cabello, cada milímetro de piel. Cada hueso, cada vena, cada gota de sangre. Luna, oscuridad, frí o, introversión, razón, erosión, Oriente, Yin.
Sin embargo, mientras la criatura miraba al creador tan reverentemente y tan... casualmente... sólo pudo preguntarse
-¿Acaso te conozco?
Si Yue se sorprendió por la repentina, difícilmente intencional pregunta, no lo demostró. Estudió a Clow tan cuidadosa y atentamente como él mismo estaba siendo estudiado, permitiendo que sólo curiosidad y un grano de diversió n emergieran en su aguda mirada.
-Soy tuyo – siseó-. Soy lo que quieras que sea.
Luego, el mago no fue capaz de decir si realmente había visto a su Guardián Lunar saludarlo respetuosamente con una inclinación de cabeza y desearle buenas noches. Tampoco podía recordar una respuesta o haberlo visto abandonar la habitació n con el liliputiense león dorado en su palma. Su mundo se congeló entre dos latidos, dejando fuera todo excepto esas peligrosas, pasmosas palabras de pesadilla... y la simple e inaceptable respuesta que no se habí a atrevido a pronunciar ante otra alma viviente.
-No.
Clow trepó a su poltrona y dejó que su fatigada cabeza descansara contra el suave cuero escarlata. Y por una vez no encontró confort ahí.
-No, Yue, tú eres... lo que mi corazón me diga que eres.
Si tan sólo su corazón empezara a hablar en un idioma que pudiera entender...
~*~ owari ~*~
16 de diciembre, 2001
Notas de la autora:
-Para aquellos que tienen un mejor conocimiento de astronomía: tengan
en cuenta que el debate Sol/Luna sucedió hace unos cuantos siglos.
Lo que Clow llama "los últimos desarrollos en la observación
científica" no están relacionados con la NASA. En ese momento
los sabios estaban todavía tratando de asimilar a Newton.
-Nakuru una vez dijo "lo del género no es realmente una cuestión,
ni siquiera soy humana". Supongo que esas palabras funcionan también
para las Cartas, ¿no es así? Pienso en "Little" como un é l,
pero a fin de cuentas no es algo tan relevante.
-La historia de Clow y Yue no termina aquí, por supuesto. Esperen una
secuela.